Objetivo Saipán

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Estamos a mediados del año de 1944, y la situación de la guerra en el Pacífico es totalmente desfavorable a los intereses imperiales: ya no era una guerra de expansión, ni  de mantenimiento, ni siquiera de sobrevivencia, era tan solo una lucha estoica y sufrida por el honor ante un poderoso enemigo. En efecto, Japón cede posiciones y sufre derrota tras derrota, por aire, mar y tierra; pensar en ganar la guerra es una utopía, solo queda defender lo ya ganado y resistir, qué duda cabe, hasta la muerte. Para colmo de males, perdió a su mejor estratega, el Almirante Isoroku Yamamoto, y su reemplazo no estuvo a la altura del afamado marino.

Las Marianas, un archipiélago de unas 15 islas (entre ellas Saipán, Tinian y Guam), fueron consideradas como vitales para las operaciones navales en el Pacífico. Las islas, están situadas a 1300 millas al sur de Tokio y 1300 millas al este de las Filipinas y para entonces, a 1200 millas de la base estadounidense más cercana, que estaba en Eniwetok, Islas Marshall. El Cuerpo Aéreo del ejército norteamericano necesitaba instalar bases en las Marianas para que el Japón, las Filipinas, las Palao, China y Formosa, quedaran dentro del radio de acción de los nuevos bombarderos estratégicos Boeing B-29. Para el Imperio, las Marianas era el natural perímetro defensivo del Japón y por tanto era menester preservar su dominio a toda costa, de otra manera el archipiélago japonés quedaría a merced del poderío aeronaval de los Estados Unidos. Ahora bien, el ejército imperial contaba con 60 mil soldados repartidos en varios destacamentos en distintas islas, siendo el principal el de Saipán, que albergaba la mitad de los hombres disponibles. Y es allí donde se libraría una de las batallas más encarnizadas en la guerra.

Así las cosas, la invasión de Saipán fue precedida de un intenso bombardeo naval que castigo incesantemente el territorio enemigo. Al amanecer del día 15 de junio, 300 vehículos de desembarco anfibio tomaron tierra y se instalaron en la parte occidental de la isla 8 mil marines, estableciendo una ancha cabeza de playa. Esa misma noche se produjo el contraataque nipón que sería repelido, no sin pocas bajas, y los invasores pudieron conservar su posición. Al día siguiente, 16 de junio, unidades de infantería de marina norteamericana desembarcan y buscan tomar el aeródromo de la isla lo que consiguieron, con mucho esfuerzo, el día 18. El mando de las tropas japonesas acantonadas en Saipán resolvió defender el resto del territorio hasta el último hombre y se replegaron al interior de la isla. Sin la posibilidad de refuerzo militar ni de alimentos o munición —a la sazón, derrotada la Armada Imperial en la batalla del mar de Filipinas, no había como auxiliar al contingente nipón— la situación era totalmente desesperanzada para los japoneses. Éstos formaron una línea defensiva alrededor del monte Tapotchau, confiando en que la accidentada geografía jugase a su favor. La estrategia sería la de esconderse por el día —una multitud de cavernas era de mucha utilidad para este propósito— y realizar ataques cortos y sorpresivos durante la noche. Guerra de guerrillas, eficaz y laboriosa, que retrasó y puso en aprietos a los estadounidenses. La fuerza expedicionaria aliada hubo de emplearse a fondo para enfrentarse con la aguerrida oposición japonesa, y tuvieron que dotar a sus unidades de aparatos lanzallamas y artillería pesada para destruir la resistencia en la intrincada red de cavernas de la isla. Solo así, después de arduos y prolongados combates, lograron vencer a los porfiados japoneses. El día 7 de julio, sin haber más terreno para donde retroceder y esconderse, el comandante militar japonés ordenó un ataque suicida a las tropas invasoras. Es así que cerca de 3 mil soldados, famélicos y exhaustos, aún aptos para luchar, participaron del asalto final, seguidos por civiles y heridos de toda condición, prefiriendo inmolarse que rendirse al formidable invasor.  La plana mayor del destacamento japonés se suicidó en una caverna, acompañados de otros soldados y civiles por toda la isla. Un capitán y cuarenta de su hombre se escondieron en las montañas, rindiéndose sólo el 1 de diciembre de 1945, meses después del final de la guerra.

 

Miguel Ángel Fujita

Graduado en Literatura U.N.M. de San Marcos - Perú

Profesor de español en la A.I. de Toyokawa

E-mail elchasquicorreo@hotmail.com











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