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Desde hace unos años, un extraño y triste hermanamiento tiene lugar entre Japón y España en marzo. Ambos países tienen su 11-M. Aquel  día de 2004,  varios trenes llenos de gente que se dirigía a trabajar saltaban por los aires en Madrid, con explosivos teleactivados por el rencor jihadista contra la cultura occidental. En  2011,  el  mismo  día,  Japón  lloraba  la  magnitud  de  un terrible  terremoto, tsunami  y desastre nuclear  sin precedentes. El 11-M de Madrid, una tragedia provocada por el hombre. El 11-M del Noreste de Japón, por la naturaleza. Y sin  embargo, el sentimiento de impotencia, el mismo. 

Probablemente algunos se planteen si es más fácil sobrellevar un desastre cuando es natural que cuando es provocado por el hombre. Yo intuyo que para el que pierde a un ser querido, el sufrimiento inicial es idéntico. Lo que cambia es lo que viene después. La persona afectada por un desastre natural probablemente se preguntará una y otra vez por qué le ha tocado a él, y se sentirá víctima de una especie de injusticia cósmica que elige vapulear aleatoriamente a unos y no a otros.  Para  el  que sufre un atentado terrorista,  la  injusticia  no tiene nada de sobrenatural:  los culpables de su desgracia tienen nombres y apellidos.  En el primer caso, la persona acabará transformando su dolor en tristeza y nostalgia, más llevaderas que la ira. El segundo, en cambio, cambiará muy pronto su dolor en  rencor.  Y  lo  peor:  se  tratará  de  un  rencor  colectivo.  Tras  la  masacre,  la sociedad entera se tiñe de un odio imposible ya de erradicar. 

Desafortunadamente,  este  mes  de  marzo  el  hermanamiento  en  la desgracia se ha fortalecido aún más, porque en Japón ya lloramos también las lágrimas de la impotencia y del alineamiento frente a los que quieren cercenar nuestra forma de vida con afilados cuchillos. El aniversario del tsunami seguirá estando lleno de nostalgia por los que se fueron y de admiración por la resistencia de los que quedaron. Un sentimiento agridulce de dolor y superación colectiva que cada año tenderá más a centrarse en lo segundo. Las otras, las lágrimas del terrorismo, en cambio, no se borrarán ya jamás del subconsciente de la sociedad y jamás se tornarán en nada que no sea más rencor. Ya tenemos la certeza de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, porque les tocará sobrellevar esa carga emocional en la que se sentirán cada vez más confusos e incapaces de resolver el dilema entre tolerancia y firmeza que les hemos legado. Se verán obligados a irse implicando  en  conflictos  lejanos  que  cada  vez  tendrán  menos  sentido  y  que acabarán  por  provocar  el  estupor  colectivo  de  su  generación.  Ante  tal perspectiva, solo me queda desear que la fortaleza de los que superaron las dos tragedias  de  marzo  siga  siendo  recordada  siempre,  para  que  continúe constituyendo un valor al que esos ciudadanos del futuro puedan apelar como su guía  de  vida.  Rindo  homenaje  a  los  que  luchan  en  el  Noreste  de  Japón  por reconstruir su vida, y a los familiares de las víctimas de Madrid, que también han tenido  que  recomenzar  la  suya  recuperando  lo  mejor  de  sí  mismos,  como ciudadanos de bien  que son.  No nos queda  otro consuelo que  saber  que  los humanos siempre tendremos esa capacidad de superación.

 

Por: Montserrat Sanz Yagüe





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