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Aquellos veranos

Por: | en: Educación | el: | Imprimir Print



Recuerdo los largos e indolentes veranos de mi niñez. Las clases terminaban la tercera semana de junio y el nuevo curso comenzaba la segunda de septiembre. Entonces existía la posibilidad de repetir curso, y los exámenes finales tenían lugar en junio. Los que no pasaban alguna asignatura tenían una nueva oportunidad en septiembre. Los niños a quienes les quedaban asignaturas pendientes debían pasar el verano estudiando. Un castigo. Los que no suspendíamos teníamos el privilegio de pasar el estío bañándonos, leyendo, viendo la televisión, jugando hasta tarde con nuestros amigos, en un ambiente de libertad absoluta. Yo creo que aquellos veranos me han hecho la persona feliz que soy hoy. Haber saboreado lo que significa disfrutar de la vida me permite ser capaz de compaginar trabajo con familia sin estrés.

Los tiempos que corren son distintos. Por un lado, ningún niño repite curso ni debe examinarse en septiembre. En Japón, el receso de verano no supone un cambio de curso, sino solo un tiempo de asueto dentro del mismo grado. Por tanto, no se castiga a ningún niño a no tener vacaciones. Por otro, sin embargo, la noción de productividad se ha extendido a los pequeños. Perder el tiempo es un tabú. El tiempo, incluso el de los niños, es oro. De ahí la gran cantidad de tareas para el verano, y la obsesión de las familias por llenar los días con actividades extraescolares.

No logro evitar que cada año esto me genere un dilema. Yo creo que el tiempo es un recurso valioso que no hay que desperdiciar. Por otro lado, en la escala temporal de un niño, "perder el tiempo” puede ser productivo, si el objetivo de la educación es convertirlo en un adulto equilibrado. Aprender a estar con amigos y con uno mismo, a relajarse y a bajar el ritmo es tan importante como aprender matemáticas. Nunca ha habido tantos adultos con problemas de ansiedad por malinterpretar la productividad y no saber descansar ni manejar el estrés. 

Dicho esto, me molesta ver a mis hijos consumiendo televisión o videojuegos sin medida, pues no alcanzo a ver cómo fomenta eso el aprendizaje humano del que hablo. Por el contrario, son horas de exposición a batallas sin sentido que lo único que hacen es normalizar la violencia. No creo que los juegos sean completamente nefastos, pero parecen un producto adictivo que se puede convertir en una mono-actividad de horas. Total, estamos ante un gran dilema. Sustituir los estudios por un tiempo de juegos con amigos, de actividades al aire libre y de ocio poco estructurado sería lo ideal para el verano. Pero hoy en día, si no están en el colegio, los niños tienden a estar sentados en un sofá frente a una pantalla. En este panorama, nos vemos abocados a llenarles el tiempo con actividades varias. 

La solución es complicada, y cada uno debe evaluar sus principios y sus metas. Si me preguntan a mí, lo ideal sería poder convertir algunos de los deberes del verano en salidas familiares que nos permitiesen pasar tiempo juntos. Por ejemplo, el trabajo de investigación libre que se requiere a todos los niveles puede implicar una visita familiar a un zoo, un acuario, un museo, una fábrica... El proyecto artístico que deben completar puede tornarse también en una actividad que implique a los padres. En cambio, el ocio estructurado en forma de clases de deporte o de otro tipo calca la dinámica del curso: adultos a cargo, normas, disciplina y un horario implacable, por lo que me parecen poco "productivos” para aprender a vivir sin ansiedad. Pero son preferibles a una soledad cibernética de horas de consumo de productos virtuales sin sustancia.

Qué paradoja. Lo más difícil de la educación en estos tiempos es enseñar a los niños a "perder el tiempo de una forma productiva”, fomentando que salgan con sus amigos al parque, a la playa, a la montaña, o que jueguen a juegos de mesa dentro de la casa en días de lluvia. Algo que ellos mismos deberían estar locos por hacer. Quién me iba a decir a mí cuando vagueaba en verano que algún día tendría casi que rogar a mis hijos que lo hicieran.

 

Por: Montserrat Sanz Yagüe 

Lic. en Filología Inglesa por la U.C. de Madrid 

Dra. en Lingüística y Ciencias del Cerebro y

Cognitivas Univ. Rochester EE.UU. Catedrática

en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe











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